Desde mediados del siglo XVII, la Corona portuguesa fomentó la producción de caña de azúcar y otras plantas traídas de Oriente, en un contexto en el que la región era vista como una posible alternativa a la crisis económica imperial. Pero también estimuló la explotación de las llamadas drogas del interior, promoviendo el desarrollo de una red de misiones religiosas en el interior del territorio, regulando el trabajo de los indígenas libres y financiando el comercio de prisioneros indígenas.